Veamos los graves pecados de algunos países en crisis. En una obra de un viajero del siglo XX, leí que los brasileños eran afanosos deforestadores, mientras que los argentinos talaban sólo lo necesario. Aparentemente es así. Y siendo así, no podemos considerar que el pueblo argentino sea enemigo de los bosques. Pero argentinos y uruguayos tienden a ser crueles con los animales. El trasfondo es arraigado.
En el siglo XIX los pueblos araucanos y araucanizados en Argentina domaban los caballos de la forma más cruel posible. También domaban así a sus mujeres. Al menos la crueldad en el trato a los caballos la compartieron los gauchos. Esa insensibilidad está en el trasfondo cultural rioplatense. Me ha impresionado leer en un libro de Temple Gradin, que un caballo de polo, propiedad de miembros de la alta burguesía argentina, le dijo que odiaba a la gente. ¿No creen que el caballo le dijo tal cosa? Los caballos hablan, a su modo. La reina Isabel invitó a Londres a un domador de caballos americano que ha descifrado los gestos que tienen los caballos para expresarse. Eso para no hablar de los llamados perritos de las praderas, que en realidad son roedores, en Estados Unidos, que tienen una gama de 500 vocablos, debidamente estudiados, con su propia sintaxis. ¿Quién es Temple Gradin? La jefa del servicio federal americano que supervisa mataderos y wallperías. En otro artículo hablaré sobre ella y los animales; de momento me abocaré a los grandes pecados de los pueblos.
Volviendo al tema de este artículo, los argentinos pecan contra los animales, pero además se han hundido en el populismo fascistoide. Estados Unidos ha pecado y gravemente contra la naturaleza, con sus químicos y sus bombardeos con perdigones en Vietnam. ¿Cómo los americanos pudieron confiar una guerra de tal magnitud a sus militares? Me hace recuerdo a lo que escribió, o propiamente dictó, el jefe apache Jerónimo, que odiaba a los mejicanos, le gustaban los americanos, pero hallaba que el ejército americano era una lacra en su país, además que los odiados mejicanos hacían soldados más valientes. Lo dejo ahí, pero insisto que como dijo Clemanceau en tiempos de la primera guerra mundial, la guerra es un asunto demasiado importante para dejarla en manos de los militares, como si los políticos franceses entonces hubiesen sido menos incapaces.
Al pecado ecológico en Vietnam, tan salvaje que debe pesar en la justicia divina, se agrega el aborrecimiento contra los indígenas. No quiero hacer indigenismo, que a mí la gente no me gusta, razón por la que no tengo perro. En general, los indios norteamericanos eran salvajes y muy crueles; esto en general, pero no en todos sus pueblos. En el oeste eran además unos borrachos terribles ya cuando las primeras exploraciones españolas en el siglo XVI. Pero nada justifica que se entierre su recuerdo. En Estados Unidos no se estudia mayormente los pueblos indígenas; es algo que se tranca en sus cerebros. Aquí ya estamos en esas. Sepan, amables lectores, que no han existido en territorio boliviano ni aymaras ni quechuas; sólo hay gente que habla aymara y quechua. Lo demás es imperialismo puro, así sea lo que repiten todos los neocoloniales. Y sé de lo que hablo; si dudan lean buenos libros de especialistas.




